domingo, 17 de febrero de 2013

MI TÍA GLORIA



Watson, ¡No te sientas relegado…Ahora, es preciso que hable con mi tía, Gloria…
Querida tía Gloria no veas lo que me pasó el otro día…Creo que te lo voy a contar, si es que puedo como tú  lo hacías. Eras nuestra cuenta cuentos particular, nuestra maestra de dicción e interpretación. Recreabas y nos hacías vivir los cuentos  infantiles que tanto nos distraían de la dura realidad. Ora, nos hacían morir de risa, ora, espantar el miedo del cuerpo… ¿Te acuerdas?
Tú vivías en el piso de abajo y cuando me escuchabas llorar aparecías y con ese don característico de las personas sabias, me amparabas y me librabas de la somanta palos. No tenía más que cinco añitos, pero, no olvidaré como lo hacías y lo que me dijiste para acudir en mi ayuda.
Subías deprisa, me tomabas  por el brazo y decías algo parecido a, tengo que bajar corriendo que mi niña  está sola y me llevabas con ella. En una de las habituales palizas que me daban me dijiste cuando te vayan a pegar corre, sal y bajas a mi casa y si no puedes grita mucho que subo, yo…tú, monina, ni pío…
No necesitó repetírmelo más veces. Si tenía la cara sucia por las lágrimas mi tía, Gloria, me la lavaba y de paso me peinaba, luego, venía el premio…me acomodaba en un rincón al calor de la lumbre y cerca de la cunita. Y, entonces, dependiendo de mi estado emocional, mi tía, contaba o la del  tonto, tonto, mierda, mierda...

-El personaje  no era tonto se hacía pasar por tonto para librarse de los castigos. Cuando podía,”el tonto”, se las montaba pardas a los que le habían maltratado. Una de esas barrabasadas  contaba que al tonto, después, de apalearle, le echaron de la casa diciendo: “coge la puerta y vete”. Y, el tonto,  hacha  en mano daba cuatro golpes a la puerta la arrancaba y se iba con la puerta a cuestas, escena que mi tía representaba y nos hacía soltar unas buenas carcajadas-

O, la de Garbancito. Y, Gloria, cantaba mientras acunaba, planchaba, guisaba…
Pachín, pachín, pachín. ¡Mucho cuidado con lo que hacéis! Pachín, pachín, pachín. ¡A Garbancito no piséis!…
Si no fuera por el dolor de la leña casi, casi diría que estaba esperando recibir para bajar donde mi tía. Estaba deseando que me mandara hacer cualquier recadillo para agradecer lo que hacía por mí. Solía acunar a la pequeña, cuidar de que, Tigre, mi perro y compañero de habitación, no ladrase para no despertar a la niña. Llamar a su hermano Eloy. Llevar un recado a mi tío, pequeñeces.
A menudo, en casa de mi tía, Gloria, nos juntábamos media docena de niños, entre hijos, hermanos y sobrinos. Entonces, la cocina que era espaciosa por  encantamiento se transformaba en animado escenario. Era cuando la mujer, la madre, la hermana, la tía y la artista mostraba todo su saber hacer y decir.
Sentados sobre una vieja manta contra la pared y frente a la chapa que, generalmente, estaba al rojo vivo

- Cuando el puchero no  bailaba una jota  embriagando el ambiente  del típico olor a cocido montañés era la cazuela quien apuntaba un pasodoble entre callos a la madrileña que sabían, como decía el tío, Óscar, a cielo bendito. Porque mi tía además de sabia, en muchas facetas de la vida, era una gran cocinera-
  
Nunca faltaba un tazón de café, con leche. Bueno… café… café… no, era chicoria. Unas natillas o un platito de arroz con leche. Si, estaba planchando y nos alborotábamos sacaba del socorrido repertorio de cuentos el de María Sarmiento o el de la Buena Pipa…” ¿Queréis que os cuente el cuento de la buena pipa? Preguntaba con curiosidad, haciendo unas muecas y ademanes como si nunca nos hubiera hecho la pregunta…Y, nosotros, ansiosos contestábamos…” ¡Sí!” Ella, como si no supiese el disimulado engaño y con aquel encanto que tenía para narrar, describir los personajes y para crear expectativas decía con voz pausada y convincente: “Yo, no digo que, sí, digo haber si queréis que os cuente el cuento de la Buena Pipa”, así, nos entretenía, divertía y quería, mi tía, Gloria.
Cada uno de nosotros teníamos nuestros cuentos preferidos que reclamábamos. Cuando veía que no había manera de que dejáramos de enredar…con, muchísimo, sigilo, voz queda y entonaciones traspuestas contaba el de…Marieta. Marieta…Marieta…estoy en la mesa…Marieta… Marieta estoy en el pasillo…y nosotros nos íbamos encogiendo… encogiendo y acercándonos los unos a los otros. Cuando el clímax había alcanzado el cenit, la actriz,  dando unos golpecitos en el suelo decía…Marieta…Marieta… ¡Ya estoy aquí! y se abalanzaba hacía la  piña en que nos habíamos convertido… Todos gritábamos y nos poníamos lívidos para luego caer en risitas de alivio…
Pues, sí, querida tía tuve la suerte de poder decirte y agradecerte todo lo que estoy contando. Pero, bien sabes que no es lo más importante. Lo más importante sucedió el pasado día, 14, de febrero. Hacía poco que había superado una de esas gripes que viene acompañada de un virus intestinal…¡Ya te puedes figurar el miedo que da estornudar por lo que pueda ocurrir! El día anterior había estado en el Bochito. Estaba cansada muerta de frío y sin ganas de hacer la compra por la mañana como suelo hacer. Tenía un compromiso en  la caja Laboral a las cinco de la tarde. Pensé…haré las compras, después.
A eso de las cuatro y media de la tarde salí de casa con el carrito de la compra. Tomé la calle de la Mar y cuando iba a cruzar la calle veo que pasa un coche fúnebre. Me paré miré al reloj y como faltaba un cuarto de hora para las cinco decidí ir al supermercado y dejar el carro de la compra ya realizada. En una esquina  estaban las habituales esquelas que tengo por costumbre  leer. El corazón me dio un tremendo vuelco y no pude ni quise reprimir las lágrimas. Allí estaba tu querida imagen, tía, Gloria. Y como si de una película se tratara vinieron las secuencias por su debido orden.
No hacía dos días había soñado contigo, tía. El coche fúnebre llevaba tu cuerpo, tía, Gloria. Pero, la esencia de tú inolvidable ser de luz permanecerá entre todos aquellos que hemos tenido el privilegio de conocerte.


María Evangelina Cobo Zaballa
Castro-Urdiales   (Cantabria)