martes, 4 de febrero de 2014

UNA LAMIA EN CASA



Era  ovillito de angora

Era  trufita encantada
Corría por los pasillos
Tras mariposas soñadas
Lamia mora de la morería
Su lengua burlona mostraba
Y al olor de la lasaña
A lo Garfield suspiraba

Lamia fue toda una sorpresa. Apareció el día de San Antón. Una osita más pensé…Abrimos la caja y ¡Zas! ¡Rayos y centellas! Salió despendolada y zigzagueando recorrió el salón. ¡Qué fea! Entre negros y marrones…aquel rabo interminable y alocada. El animalito no paró su inesperada rapsodia hasta que agotada decidió refugiarse en el que, desde entonces, fue su único amor. Estábamos perplejos. ¡Vaya morro! ¡Qué diferente de Katia! Suave, pacifica, solicita…Y ésta…llega monta el show y sin decir ni miau, al personal, se instala en los brazos de su dueño y a nosotros como si no existiéramos…¡Menuda bruja! ¡Bruja! ¿Qué os parece? Bien, dijo su amo... seducido por el ronroneo de la nueva…mejor…brujita… Mal termina de hablar y la brujita abre los ojos y nos mira fijamente. En mi vida he visto unos ojos tan bellos, expresivos, dulces e inteligentes. ¡Ahí va! ¡Si tiene los ojos del color de las naranjas del caribe!  Nos engatusó…y cambiamos el brujita por Lamia. Bruja pero buena…Aunque, para su dueño, siempre fue Nuni. Lamia continuó con su divertido zigzaguear. Era la alegría de la casa. Las personas que frecuentaban nuestro hogar, de inmediato, quedaban presas de sus arrumacos. Social, independiente y zalamera solía frecuentar dos tipos de viviendas. Una en plan gata fugata. Se escurría por la ventana del ático y se metía en casa de, Berta, la vecina. Dentro de casa ajena, elegía el mejor lugar para tomar el sol y se despatarraba sobre la colcha de seda rosa…Nunca supimos, con certeza, cuanto tiempo llevaba, la michina, cometiendo ese pecado… ¡Hasta que se  descubrió! Cuando Berta entró en la habitación y vio a Lamia nos llamó porque no había manera de espantarla y se ponía de uñas nada más se acercaba. Para convencerla tuve que sacar un pedazo de carne a la ventana. La otra vivienda que, habitualmente, frecuentaba era la casa de mi amiga Rosa. Las dos congeniaron desde el principio. Un buen día Lamia se metió en el cesto de Rosa. Me la llevo para que mi familia la conozca… ¡Vale!  Pero, ten cuidado con Eguski no sea que… Eguski era el perro de Rosa…Nada mas entrar en casa de mi amiga. Se hizo con el territorio y sus habitantes. El pobre Eguski estaba asustado y no se atrevía ni  asomar el hocico por si acaso… La trataban como a una reina y ella iba  más contenta que unos cascabeles. En un momento de necesidad, Lamia, pasó unas vacaciones en casa de Jacinto y le mantenía a raya…”venir y llevaros a ésta fiera que no me deja entrar en la habitación gritaba histérico” y cuando Jacinto venía a casa no le quitaba el ojo de encima, le tenía más que vigilado…
Para que no sucediera lo que le había sucedido a Katia. Su profesor, sí, Lamia atendía a las explicaciones que le daba mi hijo mayor como si estuviera asistiendo a una clase en el Paraninfo de Deusto. Aplicando la teoría de Pávlov, su maestro, consiguió que siempre supiéramos donde estaba. Tocaba una campanita y al instante aparecía a por el premio, un cachito de jamón. Eso funcionó hasta que, Lamia, se apercibió del truco. Cada vez que tocaba la campana, Lamia, aparecía. Y, si es cierto que comía jamón era, también, cierto que acto seguido se la encerraba en la gatera. Así que frenaba el impulso. Se sentaba en el patín. Se lo pensaba y elegía la libertad. Gracias, a la enseñanza conseguimos encontrarla cuando se escabulló por la puerta, atravesó el jardín, cruzó la carretera y se escondió en un seto frente a la ría.
Lamia, lamía y requete lamía a su amor…Nunca logramos que nos diera un beso. Ahora bien, preguntases lo que preguntases, Lamia, siempre tenia un miau. Cuando quería librarse del compromiso, el maullido era quedo. Repetía los maullidos y ronroneaba cuando estaba de plena conformidad y movía el apéndice, bufaba  y resoplaba cuando estaba contrariada. La encantaba que la pusieras al teléfono y contestaba con solemnidad. Y, era la primera a degustar una buena ración de lasaña que, pacientemente, esperaba no sin dejar en el suelo la marca de su deseada felicidad.
Innumerables son las anécdotas de mi querida Lamia. Aún es el día que lloro cuando me vienen a la memoria ciertos hechos dignos de un gran ser. Sufrí una grave intoxicación  y estuve ingresada. Tuve que ponerme al teléfono porque, Lamia, se negaba a comer y se pasaba el día dando vueltas por la casa maullando. Cuando me escuchó no os podéis imaginar que maullido de descanso y de alegría soltó. Ese día y los siguientes comió y durmió. Solamente una vez se enfadó conmigo…Su dueño me había preparado una buena barrabasada. Entonces, yo, trabajaba en el Instituto Pio Baroja de Irun. Compartía un piso en Rentaría. Mis hijos universitarios. Todos los lunes a las cinco de la madrugada tomaba el autobús para  Irun.  Los fines de semana me dedicaba como todas las mujeres pluriempleadas, Petra criada para todo. El cáncer me rondaba y en vez de llegar a casa el viernes por la noche aterricé antes. La marabunta que encontré  mejor olvidar…Tanto mis hijos como mi hermana han disfrutado de las casas donde he vivido. Sus amigos y mascotas, también. Pero, el límite era respeto a los vecinos y la recogida y limpieza, al termino de las reuniones. El caso es que cuando se fue aquella turba de gente, llamé a mi hijo y le leí la cartilla. Lamia que nunca me había visto tan enfadada  y viendo que su amo y señor con el susto que tenía encima calló, bajó la cabeza, se metió en el cuarto y puso a, Lamia, de patitas fuera de la habitación…Va la muy brujona. Me miró fijamente. Me soltó cuatro bufidos. Dio un saltó y me mordió la mano. Luego se acurrucó en un rincón  gimiendo. Cuando se la pasó, vino a mi encuentro se sentó a mi lado y se durmió lamiéndome la marca de la herida y maullando de penita.
Lamia, era más que un animal, una mascota, una gata…Cuando me diagnosticaron el carcinoma in situ y que tendría que ir lo antes posible a quirófano. Decidí que no quería ir hacer la visita, a San Pedro, sin antes despedirme de mi patria de acogida. Iría a Sao Paulo. Mezclaría mi cuerpo en la tierra roja y sedosa y caminaría, nuevamente, por mis calles. No tenía tiempo que perder el cáncer avanzaba. Después de arreglar y disponer los preparativos estuve conversando con mi querida Lamia. Mira, Lamia, me voy al Brasil…Pero…por si me pasa algo…quiero que sepas que eres el ser más bueno e inteligente que he conocido…la mejor gata del mundo…cuida de la casa y no te metas en casa de Berta…No dejes de comer…vendré en seguida…Llamaré por teléfono para felicitaros por San Antón. ¡Estate al quite! que las llamadas, desde Sao Paulo,  cuestan muchos chines…Atenta, atenta, sin mover ni un solo pelo, con las orejas tiesas y los preciosos e inconfundibles ojazos anaranjados asentía con un maullido que no se por qué lo sentí triste, resignado, misericordioso…¡Oh Dios mío! Nunca más volvía a ver a Lamia. La víspera de San Antón soñé con ella. Era la primera vez. Me desperté sobresaltada. Se lo comenté al Sr. Tertuliano y me tranquilizó diciendo…”isso é que a gatinha sente saudade”. No esperé y llamé a casa. Tras el consabido intercambio de preguntas y respuestas le dije  al mayor que pusiera a Lamia al teléfono. Dijo que no aparecía ni con la campana. El corazón se me encogió… ¿Pero está bien? Sí, mamá, no te preocupes está bien. Algo me decía que no. Lasaña y teléfono eran sus dos pasiones. Al llegar a casa recibí la confirmación de mis miedos Lamia no me esperaba…Se había ido para siempre al cielo de los animales... Y con ella parte del hilo invisible...


 * Watson...antes la /l/ y la /i/ apenas aparecían. Ahora la /s/

María Evangelina Cobo Zaballa
Castro-Urdiales   (Cantabria)