lunes, 13 de octubre de 2014

CASTRO-URDIALES: PLENO 1970





Escucha, Watson, y no te mosquees. Te prometo no volver a meterte en conflictos… El estado actual del cuartel y el de mi vida van en paralelo y, so one… so one. Cuando el juicio de separación, mi abogado consideró que deberíamos solicitar el testimonio del doctor Lorenzo Maza Sueta. Era  médico de familia. La madre de la menor que me ayudaba con mis hijos había acudido, a él, para dar parte del intento de violación que, Jacinto, había cometido, en mi casa. No tienes más que leer los, dos, documentos oficiales…y hacer cábalas.

 
¡La ma…! ¡Qué fuerte!
Y, para suavizar el resquemor pasado…un vuelo a la memoria histórica…
Mi abuelo tenía una huerta,  allá, en la Peña El Cuco. Durante el verano, una o dos veces por semana, tocaba cosecha fresca y olorosa. Pimientitos por aquí…que si unas cebolletas…un par de lechugas…Nunca faltó  el  ramo de madreselvas para Flora.
¿Sabes, Watson, quién le llevaba el almuerzo?
Caperucita Roja…
Unas veces, sí, y otras, el abuelo, me llamaba, Blanca Nieves…El camino que conducía del centro de Castro-Urdiales, a la Peña el Cuco era una explosión de vida, en su vaivén de colores, olores y sabores. Seguía el caminito, hatillo en mano. Pasaba por Los Hierros. Las inquietas olas rompían el silencio de las rocas que escupían salitre, a diestro y siniestro, bañando el espacio azul de caloca  y de brisa con sabor a marisco.
Un poco antes de tomar el callejón que me llevaría a la huerta, estaba el cuartelillo de la Guardia Civil. Justo donde, hoy, ancla el Verivén. Era pequeñito y coqueto, con su bandera, insignias… al lado,  recuerdo la imagen de un caballo negro, grande, muy grande, paciendo y resoplando. Subía a la Peña el Cuco y encontraba a mi abuelo trabajando la tierra. Ora cavaba, ora arrancaba los rastrojos, otras, amañaba la cosecha del día. En cuanto me veía, se paraba, quitaba la boina, se secaba la frente y se sentaba en unas piedras. Hurgaba en el hatillo y…”Ven pa/ cá, Caperucita…y toma, un cacho pan con queso…”  Luego, seguía con sus quehaceres, y, yo, a pulular por la huerta. Buscaba caracoles, madreselvas, zarzas y moras que pintaban de morado  manos, morros, vestido… ¡y la leñe que me iba a propinar mi abuela! Las  lechugas, los pimientos, las cebollas, ocupaban su delimitado espacio. Calabacines y calabazas esparcidas, las vainas y tomates trepando por sus guías. Lo que más me gustaba de aquel afectivo rincón, antes de emigrar a Sao Paulo, Brasil,  era la separación de otras huertas. Estaba hecha con piedras de irregular forma y tamaño, superpuestas. Y, entre las piedras, una cascada de verde salpicada por diminutas florecillas lilas. De mi vida son las más bellas. Hasta tal punto estaba engatusada por aquellas pequeñas manifestación, de belleza campestre, que las recordé, una y otra vez, cuando estaba lejos de mis abuelos, de mi infancia. Te aseguro, Wa, que las buscaba cada vez que iba al Horto Florestal o a la Serra da Cantareira.

Estoy en el Telecentro  del Aula de Cultura Eladio Laredo
Ordenador, nº, 7
Wa, me había puesto en el ordenador nº, 5, y como en el cursor  aparecía puesto, nº 17 me he cambiado de inmediato al nº, 7. ¿Quién es el ladrón que está en el puesto 17?
Fabiolo, Evangelina, Fabiolo y sus pololos...


Texto y fotografía de:
María Evangelina Cobo Zaballa
Castro-Urdiales    (Cantabria)