domingo, 16 de marzo de 2014

MARÍA ESTHER SZIGRISZT ROMAÑA



Mi amiga
María Esther
Es divina
Hermana
Madre
Ángel celestial.

De su esencia
Fluye agua
Límpida
Cristalina
En humano


Sacrosanto
Manantial.

No juzga
Acompaña
No miente
Es verdad.

Por instantes
Parece una niña
En la vida
Aprendiendo
A jugar.

Watson, cuando conocí a María Esther tenía catorce años, yo, diecinueve. Me llamó la atención su franqueza y sencillez. No tienes que olvidar, Wa, que, a menudo, las personas se dan a valer y pesan en posición y abolengo. La familia, Romaña Goitia, tenía su castreño potosí.  Eran armadores y patrones de embarcaciones locales, El Esther María, El Nuevo María Esther. A su cargo tenía una tripulación  de  entre catorce y dieciséis marineros. En su casa  trabajaban dos empleadas de hogar. Junto con las  habituales jerarquías de un pueblo, pesquero,  alcalde, párroco, medico, boticario. En Castro-Urdiales,  desfilaban,  armadores, conserveros, empresarios.
Mi amiga, María Esther Szigriszt Romaña, no se daba importancia ni  aires de marquesa de pitiminí. No. Era de por sí noble. Auténtica.  Sin tapujos. Enfocó sus sabios ojos, llenos de luz de vida y de esperanza y pensé…qué chavaluca más agradable…la familia tiene que ser de lo mejorcito…Y así eran.
Y pasaron/ los / años/ y/ los/ desengaños/ https://www.youtube.com/watch?v=H2CZdopBEbg
Y, con ellos, mi vida convertida en terrible infierno…María Esther nunca me negó su amistad. Siempre estaba a mi lado, en los momentos de crucifixión muerte y sepultura. Su apoyo ético y moral jamás se alejó de mi alma.
Cuando a los veintinueve años, la quinta lumbar, me pasó una mala jugada y estuve sin poderme mover durante cuatro meses. Allí, estaba María Esther. Abandonada a mi suerte, se hizo cargo de mi persona y de mis dos hijos. Nos cuidó y nos confortó, hasta tal punto que la llamaba, mami. Y ella, con la gracia que tiene, dirigiéndose al Dr. Agustín Monteoliva, le  decía, “fíjese qué hija más crecidita tengo”. Por entonces no tenía descendencia.
Y/ pasaron/ muchos/ años/ muchos/ más/
Yo, había logrado entrar en la universidad y un pacto con Jacinto. Él, se quedaba en el piso de gananciales y nosotros nos mudaríamos a Las Arenas. Con la distancia, desaparecerían  los terrores que la familia de Jacinto y sus amiguetes, patitos, carrasquitos y potitis infringían,  a mi vida. Apartarme de las hienas era de una alegría indescriptible.
Watson… ¿Te acuerdas de cómo encontré a mi familia pasiega? Tú sigue archivando…María Esther, aún no había realizado el mayor de sus sueños ser madre. Llevaba once años casada, nunca perdió la esperanza. Ni, yo, que siempre le decía… ¡ya verás, María Esther, ya verás cómo pronto serás mamá! Y así sucedió… lo extraordinario del hecho fue cómo me enteré de su embarazo.
Solíamos pasear de vez en cuando. No somos de estar a diario. Cuando cuadraba dábamos una vuelta junto a su familia. Si acontecía algún imprevisto, la primera a enterarse era ella. No necesitaba ni abrir la boca. Me lo notaba. A mi me ocurría otro tanto. Veía crecer a sus hermanos y sobrinos y participaba de alegrías y tristezas. ¡Una familia entrañable!  
Un día inolvidable  fui a casa de María Esther. Era de mañana. Abrió la puerta y… ¡Madre del amor hermoso! La sentí radiante, llena de gracia y de plenitud. La miré y la remiré tres o cuatro veces…Ella, me observaba entre divertida y mosqueada… ¿Qué pasa, Evi?  Escudriñé sus ojos y pregunté, ¿Has tomado algo? Con una sonrisa de oreja a oreja, va y me dice… cómo no sea un café con leche… ¿Nada de nada? Ya sabes que no tomo alcohol. Ya lo sé…Medicamentos ¿Nada de nada? Nada de nada contestó riendo. Pues… ¡estás preñada! No quieras saber, Watson,  la juerga que se tiró mi amiga…que para más inri  tiene una risa de las que encandila  al más cauto.
Yo, seria. Pero que  muy seria. No era la primera vez que me sucedía. María Esther… pon atención a lo que te voy a decir, estás embarazada. Cuando vayas a mirarte, no dejes que te toquen hasta no pasar un tiempo. Hizo la prueba de la rana...
¿Y qué dijo el test?
¡La ranita dijo no, Watson! Me lo vino a contar toda preocupada… ¿y si es un fibroma? Yo, riéndome  contestaba… Sí, un fibroma de dos patas. ¡No me digas eso, Evi! decía…Estás preñadísima. Espera y no te dejes tocar. Enseguidita lo vas a saber.
Su madre estaba afligida. Temía por su hija. Me pidió que no alentara el mayor deseo de su vida. Prometí  no repetir a María Esther que estaba preñada. A tú hija no se lo diré pero quiero que sepas que si, María Esther, no está preñada, yo, estoy loca. He perdido la cuenta de cuantas veces me han sucedido vivencias de naturaleza parecida… Estaba, absolutamente, segura de que mi querida amiga, María Esther, estaba en estado de buena esperanza.
Cuando le confirmaron la noticia de su evidente gravidez, María Esther, no cabía en sí. No andaba, según sus palabras... ¡flotaba! Comenzaron los preparativos de la espera… ¡Estaba radiante! ¡Feliz de felicidad! Le daba igual niño o niña. ¡Amaba la vida que llevaba en sus entrañas! Entre blancos, azules, abundaba el rosa. ¡No veas qué guapos están los niños de rosa! Es un niño precioso, le dije…
En el traslado, a  Las Arenas, me acompañaron dos espinitas, alejarme de María Esther Szigriszt Romaña y no ver crecer a su hijito. Venía a Castro, cuando el tiempo y la economía me lo permitían. Iba directamente a casa de mí amiga. El recién llegado dormía…Pero…cuando entraba, en la habitación, el pequeño querubín, abría los ojitos me miraba y sonreía… Las dos nos quedábamos perplejas porque siempre, siempre, durante años acontecía…


Fotografía:
María Esther Szigriszt Romaña: La primera a la derecha. Entre redes. Sonriendo. Adobando. Ancestral oficio de la mar.



María Evangelina Cobo Zaballa
Castro-Urdiales   (Cantabria)