domingo, 14 de octubre de 2012

RECUERDOS DEL HOTEL DE PORTUGALETE







Decidí ir a vivir fuera de Castro-Urdiales porque el ambiente generado por los cuatro y el del tambor era insoportable. La canalla no se conformaba con meterse conmigo. No. Todos, los que, ahora, tengo la oportunidad de denunciar se metían con mi entraña. En la misma cartera estaban mezclados, los unos y los otros, dibujando un arco iris de corrupción y de brutalidad increíbles.
Los matones del pueblo mandaban a sus retoños que, tan delincuentes cuanto sus padres, arreaban a mis hijos siempre que podían. Parte de la familia paterna y materna trabajaban, en mi fábrica, gracias a que, yo, les había empleado. En cambio, se sentían tías de, Jacinto Lococo, y, le defendían a capa y espada… ¡Ya sabéis la socorrida frase…esa... está loca!
La familia paterna… ¡De terror!

Me los desnudaban
Y los examinaban
Como si fueran la GESTAPO
Mi suegra mi cuñada y las de ficha sus criadas
A la carne de mi carne acosaban cuestionaban indagaban
Hienas malvadas inspeccionaban sus infantiles trapos
Mientras el cretino de Manolo Arenal Otero
Cual vulgar despiadado hombre del saco
Les preguntaba ¿a quién quieres más
A tú mamá o a tú papá?
Y vosotros…  ¡malas pécoras!
Queréis que olvide…
Que olvide…
¡Ni después de muerta!
¡Nunca!
¡Jamás!

A mí, me hubiera gustado ir a vivir a Castellón de la Plana. Allí, vivía mi madre y hermanos. En Grao de Castellón estaba muy bien relacionada y amparada por las amistades, amistades que aún mantengo. Sin embargo no pudo ser. La ley no permitía vivir lejos del conjugue.
Pacté con Jacinto Lococo la compra de una vivienda, en las Arenas, a cambio, yo, le dejaría vivir, en la vivienda que la sentencia de separación me  había adjudicado y que era de gananciales. Gracias, a la madre de una compañera de Deusto conseguí comprar un piso en las Arenas por debajo de su precio real. Eran tiempos de bombas y de masacres y al lado del piso en cuestión y frente a él estaban  presentes dos sucursales francesas, la Renault y la Pegeaut.
El lugar era  ideal se veía la ría y se escuchaba el vaivén del Gasolino, en su afán por llevar al obrero al tajo diario  sin demora. Estábamos anclados, en la margen derecha del Nervión y cerquita del puente más elegante, el Puente Colgante. La llamada zona de los señoritangos, de los ricos.
A mí, que el dinero me sirve para vivir y que al haberme costado  mucho ganarlo me cuidaba el no desperdiciarlo por idioteces de apariencias, o, ¡que sé yo! de estupideces relacionadas con, el abolengo, distinción jerárquica de  comprar en Las Arenas, o, en Portugalete. Después de comparar los precios de la margen derecha con los precios de la margen izquierda, no lo pensé dos veces; las compras las haría en la margen izquierda, o sea, en Portugalete. Me acuerdo como si fuera hoy, el precio del kilo de carne de la misma calidad, en Las Arenas, valía ochocientas y pico pesetas y en Portu, la mitad.
Dos veces a la semana tomaba el Gasolino y me iba a hacer la compra a Portugalete. Los jueves y sábados, al aire libre, contra viento y marea  rodeando el quiosco de música y frente al Hotel, vendían sus hortalizas, las basirretarras, “aldeanas y aldeanos”. Al lado estaba la plaza del mercado, con sus puestos de carne, fruta, pescado. Las tenderas  gente amable y dicharachera. En la plaza del mercado vendía queso fresco una conocida de Castro-Urdiales. Portugalete era para mi como un pedacito de lo bueno que había dejado, en Castro-Urdiales…
Una de las mayores preocupaciones añadida a la compra de la casa y de la elección de los colegios de mis hijos era proporcionarles el espacio adecuado para su mejor adaptación al nuevo entorno. Se adaptaron sin problemas, cada uno de ellos con amigos de su edad y de su nueva ciudad. Quiso la providencia que un buen día que jamás olvidaré  entrara a tomar un café en el Hotel de Portugalete. Habían pasado casi dos meses y no había tenido tiempo para la obligada visita.


Era un sábado bañado por la luz del verano y perfumado por las flores y hortalizas que rebosaban el mercado de las baserritarras. El hotel curtido por el tiempo encerraba en sus paredes el encanto que tiene lo antiguo. Entre la luz y las sombras se daba cita un revoltijo de lenguas y sus variados dejes. Pensaba…me suena…a gallego, y, efectivamente, el señor, en cuestión, era galleguiño. Cuando le conocí  en su manera de hablar y razonar se parecía a, Juan, el maestro. Junto con su mujer vendían hortalizas, al socaire. 
En dos palabras las gentes del Hotel me recordaba las tertulias y debates que escuchaba durante mis tiempos de emigrante en Sao Paulo.
El Hotel de Portugalete aglutinaba un sin fin de procedencias y culturas. Unos eran gallegos, otros, andaluces, asturianos y mezclaban sus lenguas y dichos  sin recortes con los oriundos del lugar. Un goce  incomparable probé  cuando, un compañero de facultad haciendo  de anfitrión  me acercó a la cocina. ¡Oh, Gloria celestial! Estaba, allí. Sí, allí estaba, enorme ocupando, la pared  ¡la bandera brasileña! Y en uno de los rincones, apelotonados, un grupo de chavales seguían una partida de ajedrez. Desde entonces, el Hotel de Portugalete, su entorno y sus gentes fueron uno de los, dos, referentes socioculturales más importantes, en mi vida.
Todos los sábados, en peregrinación por Portugalete. Amplié el recorrido sorteando cuestas y recovecos, C/ Santa María, Chavarri, Coscojales, Cuesta de las Maderas, El Ojillo…Las calles en pleno bullicio. Las tiendas y bares llenos. Los olores frescos y los ademanes  de sus gentes, en animado y relajado cotilleo. Cuando terminaba de hacer las compras entraba, en el Hotel, local de reunión por excelencia.  Donde los portugalujos de todo tipo y condición  exponían  los saberes y haberes   de un pueblo.


María Evangelina Cobo Zaballa
Castro-Urdiales   (Cantabria)